Durante unos segundos, la superficie plomiza y ligeramente crespa absorbe los pensamientos de Nula, y en cada una de las olitas rigurosas, idénticas, en movimiento continuo, que se yerguen formando un borde que, más que una curva, representaría con mayor precisión un ángulo obtuso, le parece asistir a la manifestación visible del devenir que, por exhibirse a veces en el acontecer a través de la repetición o de la inmovilidad engaño­sa, le da a los sentidos toscos la ilusión de la estabilidad. (…) el mismo movimiento constante que la formó la va erosionando, haciéndola cambiar de tamaño, de forma, de lugar, y el ir y venir de la materia y de los mundos que hace y deshace, no es más, según él, que el fluir sin dirección ni objetivo, ni explicación conocida, del tiempo invisible que, silencioso, los atraviesa.—Fíjese como son todas iguales —dice.Gutiérrez lo mira sorprendido.—Las olitas —dice Nula—. Cada una de ellas, es la misma con­vulsión que se repite.—La misma no —dice Gutiérrez, sin siquiera mirar la superficie del agua.»
Juan José Saer, La Grande.

 Durante unos segundos, la superficie plomiza y ligeramente crespa absorbe los pensamientos de Nula, y en cada una de las olitas rigurosas, idénticas, en movimiento continuo, que se yerguen formando un borde que, más que una curva, representaría con mayor precisión un ángulo obtuso, le parece asistir a la manifestación visible del devenir que, por exhibirse a veces en el acontecer a través de la repetición o de la inmovilidad engaño­sa, le da a los sentidos toscos la ilusión de la estabilidad. (…) el mismo movimiento constante que la formó la va erosionando, haciéndola cambiar de tamaño, de forma, de lugar, y el ir y venir de la materia y de los mundos que hace y deshace, no es más, según él, que el fluir sin dirección ni objetivo, ni explicación conocida, del tiempo invisible que, silencioso, los atraviesa.

—Fíjese como son todas iguales —dice.

Gutiérrez lo mira sorprendido.

—Las olitas —dice Nula—. Cada una de ellas, es la misma con­vulsión que se repite.

—La misma no —dice Gutiérrez, sin siquiera mirar la superficie del agua.»


Juan José Saer, La Grande.